8 de junio, 2026
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Por María Gálvez del Castillo Luna, oceanógrafa y ambientóloga, fundadora y CEO de Smart Blue Lab.

En el día Mundial de los océanos os propongo mirar al mar, porque como decía Richard Titmuss "Sin saber nada del viento y las corrientes, sin algún sentido de un propósito, las sociedades no se mantienen a flote durante largo tiempo, moral y económicamente, limitándose a achicar agua."

Miremos al mar, porque las sociedades que dejan de comprender las fuerzas que moldean su entorno terminan reaccionando a las crisis en lugar de anticiparlas. Aquellas que pierden de vista las corrientes que determinan su rumbo acaban ocupadas únicamente en gestionar las consecuencias.

En pleno siglo XXI, mientras la inteligencia artificial, los conflictos geopolíticos, la transición energética y la carrera espacial concentran la atención política, económica y mediática, una pregunta aparentemente sencilla emerge con una relevancia creciente:

¿Quién está mirando al mar?

La respuesta importa mucho más de lo que parece.

Porque el océano no es únicamente un patrimonio natural que debemos conservar. Es una infraestructura crítica para la estabilidad climática, la seguridad alimentaria, la innovación tecnológica, la competitividad económica y la resiliencia de nuestras sociedades.

Cubre cerca del 70 % de la superficie del planeta. Sin embargo, apenas conocemos una pequeña parte de él. Hemos explorado menos del 5 % del océano global. Paradójicamente, sabemos más sobre algunas regiones de Marte que sobre amplias áreas del fondo marino terrestre. Y, sin embargo, nuestra vida depende de él.

Durante demasiado tiempo hemos considerado el océano como un escenario. Un espacio para navegar, comerciar, pescar o disfrutar. La ciencia nos obliga hoy a abandonar esa visión.

El océano no es un escenario. Es el sistema que sostiene la vida en la Tierra

El Océano produce aproximadamente la mitad del oxígeno que respiramos, absorbe cerca del 90 % del exceso de calor acumulado por el cambio climático y captura enormes cantidades de carbono. Regula los ciclos hidrológicos, modula fenómenos meteorológicos extremos, sostiene la productividad biológica y contribuye de manera decisiva a la seguridad alimentaria mundial. Además, constituye el mayor reservorio de biodiversidad del planeta. Bajo su superficie habita cerca del 80 % de la vida conocida en la Tierra, desde microorganismos responsables de procesos biogeoquímicos esenciales hasta algunos de los ecosistemas más complejos y productivos que existen.

La salud del océano es una condición indispensable para la estabilidad ecológica, económica y social de nuestras sociedades. Además, se está convirtiendo en una de las infraestructuras estratégicas más importantes del siglo XXI.

Por sus profundidades circulan los cables submarinos que transportan más del 95 % del tráfico mundial de datos. Sus fondos albergan recursos minerales esenciales para la transición energética. Sus corrientes condicionan la productividad agrícola, la disponibilidad de agua dulce y la estabilidad climática de continentes enteros. Sus ecosistemas representan algunos de los mayores aliados naturales para la mitigación y adaptación al cambio climático.

Quien comprende el océano comprende una parte esencial del futuro

Por ello, la capacidad de observar, interpretar y gestionar el océano está dejando de ser una cuestión exclusivamente científica para convertirse en un factor de influencia económica, tecnológica y geopolítica.

Durante el siglo XX, las grandes potencias compitieron por el control del territorio. Durante las primeras décadas del siglo XXI, la competencia se desplazó hacia los datos, la energía y las tecnologías digitales. Las próximas décadas podrían estar marcadas por la inteligencia oceánica. La capacidad de conocer, monitorizar, proteger y gestionar el espacio marino se convertirá en un indicador estratégico tan relevante como el acceso al espacio exterior.

La carrera por el conocimiento oceánico ya ha comenzado

China ha integrado la investigación marina dentro de una estrategia más amplia de liderazgo tecnológico, seguridad de recursos y proyección geopolítica. Mientras tanto, Estados Unidos ha generado preocupación en la comunidad científica internacional tras el reciente anuncio del desmantelamiento parcial de la Ocean Observatories Initiative, una de las redes de observación oceánica más avanzadas del planeta. La cuestión de fondo trasciende cualquier debate político. No se trata simplemente de retirar sensores. Se trata de reducir la capacidad de anticipación en un momento en el que el sistema oceánico está experimentando transformaciones sin precedentes.

Las crisis rara vez surgen por falta de tecnología. Con frecuencia aparecen porque dejamos de atender aquello que realmente importa. Y precisamente ahí emerge una oportunidad histórica de liderazgo europeo.

Hace apenas un año, la Unión Europea puso en marcha el Pacto Europeo por el Océano con un objetivo ambicioso: situar el océano en el centro de las políticas de competitividad, sostenibilidad, seguridad y autonomía estratégica. Este mismo mes ha dado un paso más con la presentación de Ocean Eye. El ojo europeo sobre el océano.

La iniciativa aspira a convertir a Europa en líder mundial en observación oceánica para 2035. Sus objetivos son tan ambiciosos como estratégicos: aportar el 35 % del sistema global de observación oceánica, alcanzar el 35 % del mercado mundial de tecnologías de observación marina y consolidarse como uno de los principales proveedores globales de inteligencia oceánica.

Durante siglos observamos el océano para navegar. Hoy debemos observarlo para gobernar la incertidumbre y anticiparnos. Conocer las corrientes ya no significa únicamente comprender el movimiento del agua. Significa entender las dinámicas profundas que configuran nuestro futuro: las climáticas, las energéticas, las tecnológicas, las económicas y las geopolíticas. Todas ellas convergen, de una forma u otra, en el océano.

En una época marcada por sistemas complejos, fenómenos extremos y cambios acelerados, la inteligencia oceánica se está convirtiendo en uno de los grandes activos estratégicos de nuestro tiempo. Las sociedades que comprendan antes las dinámicas oceánicas estarán mejor preparadas para gestionar riesgos, identificar oportunidades y fortalecer su resiliencia.

La dimensión económica de esta transformación tampoco puede ignorarse.

La economía oceánica mundial genera actualmente alrededor de 1,5 billones de dólares al año y podría superar los 3 billones antes de 2030. Transporte marítimo, puertos, pesca, acuicultura, energías renovables marinas, biotecnología azul, turismo costero y tecnologías oceánicas configuran ya uno de los grandes espacios de crecimiento económico del siglo XXI.

Sin embargo, seguimos afrontando un desafío fundamental. Dependemos cada vez más del océano, pero todavía no hemos aprendido a gobernarlo adecuadamente.

La gobernanza oceánica internacional continúa fragmentada. Numerosos acuerdos y tratados internacionales regulan distintos aspectos de su protección y gestión, pero seguimos abordando un sistema único e interconectado mediante marcos institucionales dispersos. El reto no consiste únicamente en proteger el océano, cuestión esencial. Consiste en aprender a gestionarlo como el sistema estratégico global que realmente es.

De las decisiones que adoptemos durante esta década dependerá la capacidad del océano para seguir regulando el clima, sosteniendo la biodiversidad, garantizando la seguridad alimentaria y proporcionando bienestar a miles de millones de personas.

Por ello, el lema de este Día Mundial de los Océanos —«Reimaginar: una nueva relación con nuestro océano»— adquiere un significado más profundo que nunca.

Reimaginar nuestra relación con el mar implica reconocer que nuestro bienestar depende de comprender mejor los sistemas que sostienen la vida, la economía y la estabilidad de nuestras sociedades. Implica asumir que el conocimiento oceánico se está convirtiendo en una infraestructura crítica del siglo XXI y comprender que ignorar el océano ya no es una opción estratégica.

Miremos al mar.

Y, sobre todo, aprendamos a amarlo. Porque a-mar el mar es mucho más que un juego de palabras: es una invitación a conocerlo, comprenderlo, respetarlo, protegerlo y cuidarlo e inspirar a otros a hacer lo mismo. Porque cuidar el océano es cuidar de nosotros mismos. Comprender el océano y sus corrientes es comprender mejor las fuerzas que modelan nuestro futuro.

Abramos bien los ojos. Observemos. Comprendamos. Y reimaginemos una nueva relación con nuestros mares y océanos.

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