7 de enero, 2026
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David Henche, responsable de Comunicación y ESG de Ayvens

El hidrógeno se ha convertido en uno de los grandes protagonistas de la conversación sobre movilidad sostenible. Permite generar energía sin emisiones directas y ofrece una vía para almacenar electricidad renovable, por lo que ha ganado presencia en estrategias públicas y empresariales.

Sin embargo, cuando se analiza su aplicación real en turismos y flotas ligeras, vemos que esta tecnología aún no puede competir con la madurez y los costes de los vehículos eléctricos de batería.

Asumir esa realidad no implica restar valor al hidrógeno; al contrario, nos ayuda a ubicar esta tecnología donde realmente aporta valor, sin anticipar escenarios que todavía no se sostienen. Para avanzar en la descarbonización es necesario analizar cada solución sin entusiasmos ni prejuicios, entendiendo qué funciona hoy y qué necesita más recorrido.

Los costes son la variable que todavía marca la diferencia

En el terreno de la movilidad ligera, el coste sigue siendo el principal obstáculo para el hidrógeno. La producción de hidrógeno renovable continúa siendo notablemente más cara que la generación de electricidad renovable, y a este punto de partida se añaden además otros costes asociados al almacenamiento, la compresión y el transporte.

Esta diferencia se traslada directamente al uso cotidiano. El coste por kilómetro de un vehículo de pila de combustible es hoy superior al de un vehículo eléctrico alimentado por batería. Y cuando la comparación se hace con la carga doméstica o en destino, la brecha se amplía todavía más.

Además, conviene añadir que el mercado de turismos de hidrógeno en Europa sigue siendo muy reducido. La oferta de modelos es mínima y su precio es claramente más elevado que el de los eléctricos equivalentes. Con tan pocos vehículos en circulación, resulta difícil generar el volumen necesario para activar economías de escala.

La eficiencia es la gran ausente en el debate público

La discusión sobre el hidrógeno suele centrarse en su potencial descarbonizador, pero rara vez se explica con claridad el impacto de la eficiencia energética. Convertir electricidad renovable en hidrógeno, almacenarlo, distribuirlo y volver a transformarlo en electricidad dentro del vehículo implica una sucesión de etapas en las que se pierde energía.

Los vehículos eléctricos de batería, en cambio, aprovechan entre el 70 % y el 90 % de la energía que almacenan. Para ofrecer un servicio de movilidad equivalente, un sistema basado en hidrógeno necesita aproximadamente tres veces más electricidad renovable que uno basado en baterías.

Y esta brecha energética tiene implicaciones directas en la planificación del sistema energético, en el dimensionamiento de la infraestructura y en la velocidad a la que podemos descarbonizar el transporte. Por eso, aunque el hidrógeno puede ser útil en sectores donde las baterías presentan limitaciones claras, la eficiencia sigue situando a los vehículos eléctricos de batería en una posición más competitiva en el transporte ligero.

Infraestructura: la brecha entre visión y realidad

Otro elemento que condiciona la implantación del hidrógeno en movilidad ligera es la infraestructura disponible. El desarrollo de estaciones de repostaje de hidrógeno exige inversiones elevadas y solo resulta viable si existe un volumen mínimo de vehículos que las utilicen.

Mientras tanto, la red de recarga eléctrica crece a gran velocidad. Europa cuenta ya con cientos de miles de puntos de recarga públicos, además de una amplia red de carga doméstica y en destino. Esta disponibilidad influye en la confianza del usuario y en las decisiones de los fabricantes.

Un futuro complementario, no excluyente

Nada de esto implica que el hidrógeno no vaya a tener un papel importante en la transición energética. En sectores como el transporte pesado, donde las baterías resultarían demasiado voluminosas o pesadas, el hidrógeno puede aportar ventajas que hoy no ofrece la electrificación directa.

Pero convertirlo hoy en la solución principal para el transporte ligero sería ignorar los costes, la eficiencia y la falta de infraestructura que aún caracterizan a esta tecnología. La clave es aplicar cada solución donde realmente funciona, no donde nos gustaría que funcionara.

La movilidad sostenible no se construye con promesas, sino con decisiones informadas. Y entender el estado real de cada tecnología es el primer paso para avanzar hacia un sistema energético más eficiente, accesible y respetuoso con el planeta.

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