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Manuel Martín Arroyo, Ingeniero especializado en la dirección de proyectos y obras de regadíos
En los últimos meses, España ha experimentado un periodo de precipitaciones excepcionales que ha devuelto oxígeno a embalses, acuíferos, humedales y ríos. Este respiro hídrico, sin embargo, no debe inducir a la complacencia. La historia reciente nos enseña que los ciclos de altas precipitaciones en el clima mediterráneo son efímeros y que el verdadero reto no es gestionar la lluvia, sino anticipar la sequía. Ahora, con elevadas reservas hídricas y margen para actuar, llega el momento de planificar de manera decidida el futuro hídrico del país.
La paradoja de la elevada disponibilidad hídrica: cuando llover no basta
España es un país mediterráneo donde la irregularidad hídrica es la norma. En cuestión de meses podemos pasar de balances hídricos negativos a crecidas que ponen a prueba los cauces y embalses. Esta variabilidad, acentuada por el cambio climático, tiene consecuencias cada vez más severas sobre los sistemas agrícolas, urbanos e industriales.
Lo que antes se concebía como una anomalía, años de sequía seguidos por lluvias torrenciales, hoy forma parte de la nueva normalidad climática. Según los informes recientes del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, la frecuencia e intensidad de las sequías severas aumentará un 20-30% en los próximos decenios, al mismo tiempo que se espera una reducción significativa de los aportes medios anuales en las principales cuencas hidrográficas.
Paradójicamente, estos episodios de elevada disponibilidad hídrica generan una sensación social de alivio que retrasa la toma de decisiones estructurales. La sequía se olvida, los embalses se llenan y la inversión vuelve a postergarse. Pero cada ciclo perdido de planificación durante estos episodios nos condena a improvisar en los periodos de escasez hídrica.
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