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Luis Medina-Montoya Hellgren Director Desarrollo de Negocio RVM Systems, profesor colaborador postgrado Universidad Europea de Madrid.
La economía circular nos ha enseñado a mirar un envase usado, un componente o un residuo como un recurso que conserva valor. Sin embargo, seguimos gestionando a las personas, el primer recurso de cualquier organización, con una lógica netamente lineal: extraer, usar y desechar.
En abril de este año, en la jornada «Talento con Propósito», organizada por Ecoembes y el Instituto Superior del Medio Ambiente en la Universidad Nebrija, empresas, universidades y agentes sociales coincidieron en un diagnóstico: el sector necesita perfiles híbridos y no los encuentra. Escuchando aquel debate me asaltó una paradoja que he vuelto a plantear después en otros foros, el último de ellos la International Conference on Circular Economy in Education, celebrada el pasado 30 de septiembre, organizada por MAD for Europe en la Oficina del Parlamento Europeo en Madrid.
La economía circular se fundamenta en un principio esencial: mantener los recursos en la economía el mayor tiempo posible, preservando su valor y evitando su degradación. Lo aplicamos a materiales, a productos, a envases y a componentes. ¿Lo aplicamos también a las personas? Mi respuesta, honesta y algo incómoda, es que no. Los recursos humanos son, a la vez, el recurso más valioso de cualquier empresa y, probablemente, el menos circular de cuantos utiliza.
Conviene recordar de qué hablamos cuando hablamos de circularidad. Según el “Circularity Gap Report 2025” de Circle Economy y Deloitte, solo el 6,9 % de los 106.000 millones de toneladas de materiales que consume cada año la economía mundial procede de fuentes secundarias, frente al 9,1 % de la primera medición, en 2018. Seguimos, por tanto, en una economía abrumadoramente lineal, y el remedio que propone la circularidad es conocido: la jerarquía de las «R», en la que cuanto más arriba se actúa, más valor se conserva y menos recurso virgen se necesita.
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