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España afronta una nueva fase de la transición energética en la que no basta con generar electricidad renovable, sino que es imprescindible garantizar su disponibilidad, estabilidad y seguridad de suministro.
El ‘Decálogo para impulsar la energía termosolar en España’ sitúa esta tecnología como un activo estratégico para el país, con implicaciones para la competitividad industrial y la soberanía energética.
España se enfrenta hoy a una decisión estratégica que va mucho más allá del despliegue de energías renovables. La transición energética ha entrado en una fase distinta, más compleja y exigente, en la que ya no se requiere únicamente capacidad de generación, sino garantizar que esa energía esté disponible con estabilidad, flexibilidad, firmeza y resiliencia. En este nuevo escenario, la energía termosolar se vuelve más necesaria que nunca.
Un sistema con alta penetración de energías renovables, cuya producción depende del sol o del viento y que no producen de forma continua, necesita otras tecnologías capaces de garantizar su funcionamiento de manera segura. Sin elevar la factura de la luz ni dar pasos atrás en descarbonización. La termosolar responde precisamente a esas necesidades. A diferencia de otras fuentes renovables, genera electricidad de forma síncrona mediante turbinas, aportando inercia, control de tensión y estabilidad de frecuencia, atributos imprescindibles para evitar desequilibrios en la red.
A esta capacidad se suma uno de sus rasgos más distintivos, el almacenamiento térmico. La termosolar permite desacoplar la captación de la energía solar de su uso, almacenando el calor durante el día para transformarlo en electricidad cuando el sistema lo requiere. En España, una parte relevante de la producción termosolar ya se genera en horas sin sol. Este hecho introduce un cambio profundo en la lógica del sistema energético, ya que el sol deja de ser una energía limitada al día para convertirse en una fuente disponible también por la noche.
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