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La seguridad energética está hoy más que nunca en el centro de la agenda económica mundial. En su World Energy Outlook 2025, la Agencia Internacional de la Energía destaca que la energía se ha convertido en una cuestión central para la seguridad económica de los estados, no solo por los riesgos tradicionales de suministro de petróleo y gas, sino también por nuevas vulnerabilidades asociadas a los minerales críticos, la ciberseguridad o los fenómenos meteorológicos extremos.
En 2024, la dependencia energética exterior de la Unión Europea se situó en el 57%, es decir, casi seis de cada diez unidades de energía consumida fueron importaciones netas. En España, el dato fue todavía más acusado: 68,4%, según el Balance Energético 2024 del MITECO. Dicho de otra forma, seguimos importando prácticamente siete de cada diez unidades de energía primaria que consumimos.
Aunque nuestro país ha avanzado mucho en generación eléctrica renovable, la dependencia de combustibles fósiles sigue siendo muy acusada en los usos térmicos residenciales, en el transporte y en una parte importante de los procesos industriales. Por eso no deberíamos medir la transición energética solo en megavatios eléctricos instalados: necesitamos electricidad renovable, por supuesto, pero también más calor renovable apoyado en el potencial que ofrecen la biomasa sólida, los gases renovables o los biocarburantes.
Una visión que coincide con el mensaje que Bioenergy Europe trasladó el pasado 4 de mayo a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en una carta firmada por su junta directiva, de la que forma parte AVEBIOM. En ella, el sector europeo de la bioenergía recuerda que ya cuenta con soluciones disponibles para reforzar la seguridad energética, reducir la dependencia de combustibles fósiles importados y aportar estabilidad al sistema energético a los estados miembros. No en vano, en 2023, la bioenergía representó el 51% del mix renovable de la UE y alrededor del 81% del calor renovable europeo.
La aportación diferencial de la bioenergía es que permite sustituir rápida y eficazmente combustibles fósiles con recursos locales y, al mismo tiempo, generar actividad económica en torno a la gestión forestal y la valorización de residuos y subproductos. Por eso debe ocupar un lugar más visible en la política energética española y europea.
Una de las ventajas estratégicas de la biomasa sólida que más me gusta subrayar es que su cadena de valor está muy repartida por el territorio. La producción de pellets, el suministro de astilla forestal, la valorización del hueso de aceituna y la gestión de subproductos agroindustriales se apoyan en empresas especializadas próximas al recurso, capaces de generar empleo local, actividad logística y servicios técnicos en zonas rurales con riesgo de despoblación.
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