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Javier Arboleda, director general de SHYNE, Spanish Hydrogen Network
El hidrógeno renovable entra en una etapa clave impulsado por una base sólida de proyectos, inversión y ambición industrial. Se abre ahora la oportunidad de acelerar su despliegue y consolidarlo como pilar de la transición energética y la competitividad.
El ecosistema energético global atraviesa un momento de transformación profunda, marcada por la necesidad de reducir emisiones, reforzar la seguridad de suministro y adaptarse a un entorno geopolítico cada vez más incierto. Si algo ha quedado evidenciado con las diferentes tensiones que acechan la estabilidad global, es que la transición energética ha dejado de ser una aspiración a largo plazo para convertirse en una prioridad inmediata: el punto donde convergen las soluciones a los objetivos económicos, industriales y de aseguramiento del suministro energético
El entorno actual está caracterizado por la volatilidad de los mercados energéticos y una sensación de fragilidad ante decisiones políticas externas marcan la urgencia en la toma de decisiones para reducir dependencias externas y avanzar hacia un modelo energético más resiliente. Es en este escenario donde el hidrógeno renovable se posiciona como una pieza clave para complementar la electrificación en el proceso de transición y reforzar la necesaria soberanía energética.
Sin embargo, el debate en torno al hidrógeno ha evolucionado: tras una primera fase marcada por el potencial y la ambición, el foco se ha desplazado hacia la ejecución. Actualmente, la cuestión ya no radica en si el hidrógeno es una solución necesaria para la transición - algo que evidencia su aplicación en la descarbonización de la industria o del transporte terrestre, marítimo o de aviación, entre otros-, sino la necesidad de desplegarlo de forma competitiva.
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