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La gestión forestal sostenible será uno de los grandes retos territoriales y energéticos de Europa en la próxima década.
El aumento de la superficie forestal y los efectos del cambio climático incrementan el riesgo de grandes incendios y la necesidad de una gestión activa de los bosques. En este contexto, la biomasa y el aprovechamiento integral de los recursos forestales representan una oportunidad para impulsar bioeconomía, industria y descarbonización. Más allá de la energía, hablamos de territorio, competitividad y resiliencia. El desafío hacia 2030 será convertir este potencial en una cadena de valor sostenible y económicamente viable.
La prevención de incendios empieza mucho antes de la aparición del fuego. La estructura actual de muchos bosques mediterráneos, cada vez más densos y continuos debido al abandono rural y a la reducción de aprovechamientos tradicionales, favorece incendios de gran intensidad y difícil extinción.
Actuar sobre esta acumulación de combustible mediante gestión forestal es una de las herramientas más eficaces para reducir riesgos y mejorar la resiliencia del territorio. Las actuaciones silvícolas permiten disminuir la competencia entre árboles, mejorar el estado sanitario de las masas forestales y crear estructuras más resistentes frente a sequías, plagas e incendios.
Además, la gestión activa contribuye al mantenimiento del paisaje mosaico, favorece la biodiversidad y ayuda a conservar servicios ecosistémicos esenciales como la regulación hídrica, la protección del suelo o la conservación de hábitats.
Sin embargo, para que esta gestión pueda mantenerse en el tiempo, resulta imprescindible desarrollar modelos económicamente sostenibles que permitan movilizar recursos forestales de forma continuada y a una escala suficiente.
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