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Por Luis Medina-Montoya Hellgren
Todos lo hemos hecho. Cuando el tubo de pasta de dientes está en sus últimas, lo apretamos, lo retorcemos, lo doblamos, incluso lo cortamos por la mitad para sacar esos últimos restos. Y entonces descubrimos algo sorprendente: esa cantidad minúscula es más que suficiente para lavarnos los dientes perfectamente. El cepillo hace su trabajo, la boca queda fresca, los dientes limpios. Exactamente igual que cuando el tubo estaba lleno y echábamos generosamente una cantidad tres o cuatro veces mayor. Esta pequeña revelación cotidiana esconde una verdad incómoda que nos cuesta admitir: consumimos sistemáticamente mucho más de lo que necesitamos. Y no sólo pasta de dientes.
Pasa con el aceite para freír, con el detergente de la lavadora, con el gel de baño, con ese jamón navideño al que aún hoy le sacamos taquitos hurgando bien con el cuchillo. Cuando estamos al límite del recurso, cuando no hay más remedio, descubrimos que podemos vivir perfectamente con la mitad. O con menos. Pero aquí está el problema: no vivimos en un mundo donde podamos seguir permitiéndonos ese derroche inicial. Los números no mienten.
La extracción de recursos naturales de la Tierra se ha triplicado en los últimos cincuenta años. En 1970 extraíamos 30.000 millones de toneladas de materiales del planeta. En 2024, esa cifra alcanzó los 106.000 millones de toneladas. Cada persona consume de media 39 kilogramos de materiales al día, frente a los 23 de 1970. Según el Panel Internacional de Recursos de Naciones Unidas, se prevé que la extracción aumente otro 60% de aquí a 2060. Este ritmo tiene consecuencias directas: la extracción y transformación de recursos es responsable de más del 60% de las emisiones de gases de efecto invernadero y del 40% de los efectos de la contaminación atmosférica sobre nuestra salud. Como expresó Inger Andersen, directora ejecutiva del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente: "La triple crisis planetaria del cambio climático, la pérdida de naturaleza y la contaminación tiene su origen en una crisis de consumo y producción insostenibles."
Hay una forma de visualizar hasta qué punto vivimos por encima de nuestras posibilidades: el Día de la Sobrecapacidad de la Tierra, el día del año en que hemos agotado todos los recursos renovables que el planeta puede regenerar. Y ahí está la clave: hablamos de recursos renovables, de biomasa, de ciclos naturales de regeneración. Porque con los recursos técnicos —minerales, metales, tierras raras— la situación es aún más dramática: esos son simplemente finitos. No se regeneran. Hay los que hay, y cuando se acaban, se acabaron.
En 1970, el Día de la Sobrecapacidad caía el 29 de diciembre. En 2024 llegó el 1 de agosto. Cinco meses antes. En sólo siete meses consumimos lo que la Tierra necesita doce meses para producir. Es como si nuestro salario durara sólo hasta julio y tuviéramos que vivir a crédito el resto del año. Excepto que este crédito no lo paga un banco: lo paga el planeta. Y lo pagarán nuestros hijos. Actualmente utilizamos la naturaleza un 80% más rápido de lo que los ecosistemas pueden regenerarse. Vivimos como si tuviéramos 1,7 planetas. Solo tenemos uno.
Y aquí está la injusticia: no todos consumimos igual. Los países de renta alta consumen seis veces más materiales per cápita que los de renta baja, y son responsables de diez veces más impactos climáticos. Los ciudadanos de países desarrollados consumen una media de 16 toneladas de recursos anuales por persona, llegando hasta 40 en algunos casos. En India, 4 toneladas. Mientras unos exprimimos el planeta hasta el límite, otros apenas tienen acceso a lo básico.
En 1900, la población mundial era de 1.600 millones de personas. Hoy somos más de 8.000 millones. Este crecimiento exponencial es, paradójicamente, el resultado del éxito de nuestro modelo económico. La economía de mercado basada en un paradigma lineal —extraer, producir, consumir, desechar— ha generado prosperidad sin precedentes, ha sacado a millones de la pobreza, ha prolongado nuestras vidas. Ha funcionado. Pero ese modelo se diseñó en un mundo con recursos aparentemente infinitos y una población mucho menor. Ese mundo ya no existe.
No podemos simplemente detener el desarrollo económico. Sería profundamente egoísta reclamar que se pare el crecimiento cuando aún hay economías y pueblos enteros que aspiran legítimamente a mejorar su calidad de vida. El desafío es otro, mucho más complejo: debemos desacoplar el desarrollo económico del consumo de recursos naturales. Necesitamos crecer, sí, pero de forma radicalmente diferente. Más inteligente. Más circular.
Y aquí está el cambio de perspectiva que nos falta: no podemos seguir pensando sólo en nuestros hijos o nietos. Necesitamos pensar en las generaciones futuras que vivirán dentro de mil o dos mil años. Los minerales que extraemos hoy sin control, las tierras raras que desperdiciamos en dispositivos de usar y tirar, los metales que enterramos en vertederos no volverán a estar disponibles para esas generaciones futuras. Estamos hipotecando no sólo el futuro inmediato, sino el futuro a largo plazo de la humanidad. Y eso debería quitarnos el sueño.
El reverso de todo este consumo es una montaña de residuos que crece imparable. El mundo genera más de 2.300 millones de toneladas de residuos urbanos o domiciliarios al año; para 2050 podrían ser 3.800 millones. Hablamos desde hace un tiempo de la economía circular como la solución. El problema es que los números cuentan otra historia: de los 106.000 millones de toneladas de materiales que consume anualmente la economía mundial, apenas el 6,9% proviene de fuentes recicladas. Y esta cifra ha descendido 2,2 puntos desde 2015. Mientras aumentamos el discurso sobre economía circular, la realidad es que estamos retrocediendo.
El Informe sobre la Brecha de Circularidad 2025 (“Circularity Gap Report” de Circle Economy) plantea un escenario revelador: si recicláramos todos los materiales reciclables disponibles sin disminuir el consumo, la tasa de circularidad global podría alcanzar hasta un 25%. Ni siquiera un tercio. Porque no aborda el problema fundamental, el elefante en la habitación que nadie quiere nombrar: estamos consumiendo demasiado. Punto.
El caso de los alimentos es particularmente doloroso. En 2022, el mundo desperdició 1.050 millones de toneladas de alimentos, el 19% de todos los disponibles. Más de 1.000 millones de comidas se tiraron cada día. Mientras 783 millones de personas padecían hambre. Los hogares somos responsables del 60% de este desperdicio. La pérdida de alimentos genera entre el 8% y el 10% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. Casi cinco veces más que todo el sector de la aviación.
Volvamos al tubo de pasta de dientes. Ahí está la respuesta. El problema no es que nos falte tecnología ni que no sepamos reciclar. El problema es que cuando el tubo está lleno, echamos cuatro veces más pasta de la necesaria. Y lo mismo pasa con todo lo demás. Compramos más de lo que necesitamos, usamos más de lo que hace falta, tiramos antes de que algo esté realmente acabado. No es un problema tecnológico. Es un problema de hábitos.
Pero hay esperanza, y está en algo muy simple. El elemento más importante de la sostenibilidad no es el reciclaje ni la tecnología, aunque ambos sean necesarios. Es reducir drásticamente la cantidad de recursos que extraemos. Y aquí cada uno tiene un poder real. Somos los consumidores, con nuestras decisiones de compra, quienes podemos hacer posible este cambio.
Si aplicáramos desde el primer día la frugalidad que usamos cuando el tubo de dentífrico está casi vacío, duraría el doble. El triple, quizás. Si compráramos solo lo que vamos a consumir. Si usáramos los productos hasta el final. Si reparáramos en lugar de desechar. No es volver a las cavernas. Es simplemente usar lo que necesitamos. Es preguntarnos antes de comprar: ¿realmente lo necesito? ¿Cuánto tiempo lo voy a usar? ¿Puedo reparar lo que tengo? Son preguntas sencillas. Obvias, incluso. Pero en un mundo donde nos bombardean constantemente con mensajes para consumir más, hacerlas ya es un acto revolucionario.
Tenemos toda la información. Sabemos lo que está pasando. La ventana de oportunidad se está cerrando. No es momento de pequeños ajustes. Es momento de una transformación profunda en nuestra relación con el consumo. Hay los que hay. Quedan los que quedan. Y luego no hay más.
Pero aquí viene lo más triste de todo. Después de considerar esta crisis planetaria, después de entender el papel esencial que jugamos como ciudadanos, después de comprender que estamos hipotecando el futuro de generaciones que ni siquiera han nacido... lo único que realmente nos preocupa es si debemos pagar o no una tasa municipal por la gestión de los residuos que generamos tan a la ligera. Ahí está nuestra verdadera escala de prioridades. No el colapso de los ecosistemas. No el agotamiento de recursos finitos. No el hambre de ochocientas millones de personas. No. Una tasa de basura.
Quizás sea momento de replantear qué es lo que realmente debería preocuparnos.
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