28 de septiembre, 2026
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Joan Batalla | Presidente de la Asociación Española del Gas (Sedigas)

España reúne las condiciones necesarias para convertirse en uno de los grandes productores europeos de biometano. Cuenta con el tercer mayor potencial técnico identificado en Europa, un relevante sector primario y una potente industria agroalimentaria, abundantes recursos orgánicos y unas redes gasistas preparadas para integrar este gas renovable. Sin embargo, mientras Alemania, Francia o Dinamarca acumulan décadas de experiencia y Europa supera ya las 1.900 plantas operativas, el despliegue español mantiene un ritmo que no se corresponde con la magnitud de sus recursos. Durante años hemos advertido de la brecha entre el potencial disponible y la materialización de proyectos. Hoy esa constatación se acompaña de un mayor sentido de anticipación y urgencia. El Salón del Gas Renovable de Valladolid, que vuelve a reunir al sector, ofrece un marco especialmente oportuno para examinar las decisiones que permitirían cerrar esa distancia.

El biometano ha dejado de ocupar una posición secundaria en el debate energético. Su aportación converge con cuatro prioridades que han adquirido un peso singular en las políticas española y europea: seguridad energética, competitividad industrial, autonomía estratégica y descarbonización. A ellas añade una ventaja decisiva: es una solución segura, disponible y compatible con las infraestructuras existentes, capaz de sustituir gas natural en usos que no siempre disponen de alternativas sencillas o competitivas. La Agencia de la Unión Europea para la Cooperación de los Reguladores de la Energía (ACER) ha destacado este mismo año su grado de madurez y su capacidad de despliegue inmediato para contribuir a la descarbonización del sistema gasista europeo. Es, por tanto, una alternativa probada cuya extensión depende principalmente de las condiciones regulatorias, administrativas y económicas.

El sector afronta una etapa especialmente relevante, marcada por novedades regulatorias que serán determinantes para su futuro. El momento exige identificar con precisión qué condiciones deben concurrir para que el biometano alcance la escala que permite el potencial técnico español. La existencia de recursos, tecnología e interés inversor es imprescindible, pero no suficiente. Para que una cartera creciente de iniciativas se traduzca en instalaciones operativas hacen falta reglas estables, procedimientos proporcionados, acceso a las infraestructuras y una demanda capaz de ofrecer visibilidad a largo plazo.

Las cifras ilustran la dimensión de la oportunidad. España dispone de un potencial de producción estimado en 163 TWh anuales, suficiente para cubrir cerca del 100 % de la demanda doméstica actual de gas natural. Su aprovechamiento podría movilizar inversiones superiores a 40.000 millones de euros y generar más de 62.000 empleos directos e indirectos. Buena parte de esa actividad se localizaría en el medio rural, donde se concentran los recursos y las actividades productivas que proporcionan las materias primas. En un país que afronta desequilibrios territoriales y demográficos persistentes, esta distribución de la inversión importa tanto como el volumen agregado: permite crear actividad allí donde se originan los residuos y donde resulta más necesario diversificar la base económica.

El biometano no debe contemplarse únicamente como una pieza de la transición energética, sino también como una palanca de desarrollo territorial. Cada proyecto moviliza empleo y contratación local durante su construcción y, una vez en funcionamiento, genera puestos de trabajo estables y cualificados vinculados a la operación, el mantenimiento, la logística de las materias primas y la gestión eficiente de los residuos orgánicos. Además, puede proporcionar ingresos complementarios al sector primario, impulsar la demanda de proveedores locales y favorecer la implantación de servicios especializados. La experiencia europea demuestra que, cuando existe un marco adecuado y los proyectos están bien integrados en su entorno, la producción de gas renovable contribuye a fijar población, diversificar la economía local y fortalecer el tejido empresarial. Para muchos territorios con una marcada actividad agroganadera, representa la oportunidad de crear una cadena de valor antes inexistente, capaz de conectar energía, industria, agricultura, ganadería y gestión ambiental.

La digestión anaerobia permite gestionar y valorizar residuos ganaderos, agrícolas, agroindustriales y urbanos que, de otro modo, pueden ocasionar costes y problemas ambientales. El digestato resultante, una vez tratado y utilizado conforme a la normativa aplicable, puede sustituir parcialmente fertilizantes minerales de síntesis, favorecer el retorno de nutrientes al suelo y reducir la dependencia de insumos importados. No todo el digerido se convierte automáticamente en fertilizante ni puede aplicarse sin condiciones: cuando reúne los requisitos agronómicos, sanitarios y ambientales establecidos, representa un recurso valioso. Esa doble función —producción energética y valorización material— convierte al biometano en una manifestación concreta de la economía circular y contribuye también a reforzar nuestra autonomía estratégica.

El interés de los inversores confirma que la oportunidad ha sido identificada. La última edición del Biomethane Investment Outlook de la Asociación Europea del Biogás (EBA) sitúa a España como el tercer país europeo por volumen de inversión planificada hasta 2030, con 3.100 millones de euros previstos. Sin embargo, la inversión anunciada no equivale todavía a capacidad instalada. Su materialización dependerá de que los proyectos puedan superar la tramitación, asegurar el acceso a las redes o a los consumidores finales y disponer de contratos que permitan financiar activos con una vida útil prolongada. El marco institucional será determinante para transformar ese apetito inversor en plantas y producción efectiva.

En este contexto, el proyecto de Real Decreto de impulso del biometano representa un paso importante. La propuesta, presentada por el secretario de Estado de Energía durante la 52.ª Reunión Anual de Sedigas, introduce por primera vez en España un sistema de cuotas mínimas crecientes de biometano. Con ello se reconoce que el desarrollo del mercado necesita una señal regulatoria capaz de conectar la oferta futura con una demanda previsible.

La obligación recaería sobre los comercializadores de gas y los consumidores directos en mercado, que deberían acreditar un determinado porcentaje de biometano sobre el volumen de gas natural y gas natural licuado suministrado o consumido, con las exclusiones previstas en la norma. La senda comenzaría en 2028 con una cuota del 0,5 % y aumentaría progresivamente hasta alcanzar el 6 % en 2035. El mecanismo se apoya en las garantías de origen como instrumento de acreditación y establece un horizonte que puede facilitar la contratación y mejorar la bancabilidad de los proyectos.

El Gobierno pretende así enviar una señal de demanda a medio y largo plazo que respalde los objetivos de desarrollo rural, valorización de residuos y descarbonización ya señalados. Son objetivos que Sedigas comparte y que justifican la necesidad de disponer de una regulación específica, coherente con el papel asignado a los gases renovables en la política energética.

La propuesta, largamente esperada por el sector, constituye un avance en la dirección adecuada. Aporta mayor previsibilidad al sector. El establecimiento de cuotas puede actuar como elemento tractor y acelerar decisiones que hasta ahora permanecían condicionadas por la falta de visibilidad sobre la demanda. No obstante, su aprobación no bastará, por sí sola, para convertir el potencial español en producción real. El diseño definitivo deberá formar parte de un marco más amplio que resuelva los restantes cuellos de botella.

Si la ambición es que 2027 sea el año definitivo en el que el biometano español deje de cuantificarse casi exclusivamente por su potencial y comience a medirse en TWh producidos, el nuevo marco deberá garantizar otros elementos sin ambigüedad. El primero es la tramitación. La amplia cartera de proyectos existente solo se convertirá en capacidad instalada si las autorizaciones ambientales, urbanísticas y de conexión se resuelven en plazos ciertos, coordinados y proporcionados. Procedimientos que en muchos casos superan los dos años resultan difíciles de compatibilizar con la urgencia de la transición energética y elevan el riesgo de iniciativas cuyos promotores ya han comprometido recursos.

La simplificación administrativa no significa rebajar las garantías ambientales ni limitar la participación pública. Significa coordinar administraciones, evitar duplicidades, homogeneizar criterios y establecer plazos máximos y vinculantes para las autorizaciones ambientales y de conexión. También exige dotar a los órganos competentes de medios suficientes para evaluar los expedientes con rigor y agilidad. Sin nuevos instrumentos para acelerar la tramitación será difícil pasar del entorno del 0,15 % de producción actual al 0,50 % exigido por la primera cuota en un plazo inferior a dos años. La coherencia entre el calendario de obligaciones y el ritmo real de entrada en operación de las plantas será esencial para preservar la credibilidad del sistema.

El segundo requisito es el pleno reconocimiento de los mecanismos de acreditación de sostenibilidad previstos en la legislación europea. El mercado necesita reglas claras e interoperables que reconozcan el biometano producido conforme a los criterios comunitarios y eviten cargas documentales o duplicidades innecesarias. Asimismo, ampliar hasta 2040 la senda de cuotas ofrecería un horizonte más acorde con la vida útil de las inversiones y con los plazos habituales de financiación. Una señal que concluye en 2035 puede resultar insuficiente para proyectos que deben recuperar su inversión durante periodos más largos.

El diseño deberá preservar, además, la competitividad de la industria gasintensiva española frente a sus competidores europeos. La obligación debe acompasarse con la disponibilidad efectiva de biometano y evitar costes desproporcionados o distorsiones que penalicen a los consumidores industriales. Del mismo modo, el marco debe garantizar el acceso al mercado de cuotas de todas las plantas que cumplan los requisitos técnicos, ambientales y de sostenibilidad. El futuro «sello de excelencia» previsto en el proyecto de Real Decreto puede ser útil si facilita y agiliza la concesión de permisos; no debería convertirse en una barrera de entrada ni en una obligación añadida para instalaciones que ya satisfacen el marco aplicable.

Con ser decisivo, el desafío regulatorio no es el único frente en el que se decidirá el futuro del biometano. El éxito del despliegue dependerá también de que los nuevos proyectos se hagan merecedores de la aceptación social en los territorios donde se instalen. Esa aceptación no puede darse por supuesta ni buscarse al final de la tramitación. Se construye desde las primeras fases mediante información rigurosa, transparencia sobre impactos y beneficios, escucha activa y capacidad para adaptar los proyectos a las características locales. La actividad debe generar un valor perceptible para el territorio y responder con solvencia a las preocupaciones sobre tráfico, olores, dimensión de las instalaciones, procedencia de las materias primas o gestión del digestato. A ello debe sumarse una coordinación estrecha entre administraciones, promotores, sector agroganadero, gestores de residuos, industria y sistema gasista. Sin esa cooperación, incluso una buena regulación encontrará dificultades para traducirse en resultados.

España cuenta ya con recursos, tecnología e interés inversor suficientes. La tarea pendiente es convertir, con todas las garantías, ese potencial en proyectos viables; los proyectos, en plantas operativas; y las plantas, en una fuente estable de energía renovable, actividad económica y valor para el territorio. El proyecto de Real Decreto abre una oportunidad relevante para avanzar en esa dirección, pero su alcance dependerá de la calidad de su diseño y de la capacidad de ejecución posterior. Las cuotas deben ir acompañadas de certidumbre, agilidad administrativa, reglas de sostenibilidad claras, protección de la competitividad y participación temprana de las comunidades locales. Solo así las promesas asociadas a este modelo de economía circular podrán materializarse. El reto ya no consiste en identificar la oportunidad, sino en crear las condiciones para aprovecharla.

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