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En los últimos años, la conversación sobre movilidad sostenible se ha llenado de promesas tecnológicas. Hidrógeno, biocombustibles, electrificación o nuevas redes de recarga aparecen constantemente como soluciones capaces de descarbonizar el transporte.
Jorge Ríos, CEO – ETECNIC Energy & Mobility
Pero rara vez se comparan de forma honesta y completa. La cuestión no es solo qué tecnología emite menos CO₂, sino también qué modelo energético genera más valor económico, más impacto social positivo y mayor autonomía para los territorios.
Si observamos las principales alternativas que se están desplegando hoy —hubs de recarga eléctrica, hidrogeneras o estaciones de biocombustibles— aparecen cuatro modelos bastante distintos.
El primero es el de hubs locales de recarga eléctrica, combinados con generación renovable de proximidad, comunidades energéticas y almacenamiento en baterías. Es un modelo descentralizado que se apoya en la electrificación del vehículo y en la producción local de energía. Su principal fortaleza es que conecta directamente el consumo energético con el territorio donde se produce. Cuando se gestiona bien, permite integrar renovables, optimizar la red eléctrica y crear nuevas economías locales alrededor de la movilidad.
El segundo modelo es el de grandes hubs de recarga en corredores de tránsito, instalaciones de varios megavatios conectadas a la red eléctrica que permiten cargas ultrarrápidas. Su lógica es diferente: responder a las necesidades del transporte de largo recorrido. Estos hubs tienen la ventaja de ofrecer escalabilidad y velocidad de servicio, aunque dependen fuertemente de la infraestructura de red y suelen estar gestionados por grandes operadores energéticos o de movilidad.
Un tercer camino es el de las hidrogeneras, estaciones que suministran hidrógeno a vehículos con pila de combustible. Esta tecnología mantiene la ventaja de tiempos de repostaje rápidos y se plantea especialmente para transporte pesado o usos intensivos. Sin embargo, su despliegue está condicionado por una infraestructura compleja y por la disponibilidad de hidrógeno verdaderamente renovable, que requiere grandes cantidades de electricidad para producirse.
Finalmente encontramos las estaciones de biocombustibles basados en aceites o residuos, que tienen la ventaja de poder utilizar la infraestructura actual de combustibles líquidos. Son una solución atractiva porque permiten descarbonizar parcialmente flotas existentes sin cambiar el vehículo. No obstante, su sostenibilidad depende en gran medida de la trazabilidad de las materias primas y de la disponibilidad real de residuos a escala global.
Más allá de las diferencias tecnológicas, hay tres preguntas que ayudan a analizar estas alternativas con mayor claridad.
La primera es la eficiencia energética. Cada sistema transforma la energía varias veces antes de mover un vehículo. Cuantas más conversiones hay, más energía se pierde. En general, los sistemas eléctricos directos son más eficientes que aquellos que requieren transformar la electricidad en otros combustibles antes de utilizarla. Esto no significa que las otras soluciones no tengan espacio, pero sí que conviene reservarlas para aquellos sectores donde la electrificación directa resulta más difícil.
La segunda pregunta es quién captura el valor económico. Un hub de recarga vinculado a generación renovable local puede generar actividad económica en el territorio: instalación, operación, gestión energética y servicios asociados. En cambio, otras soluciones tienden a concentrar el valor en cadenas de suministro globales o en infraestructuras altamente centralizadas. Desde el punto de vista de las economías locales, esta diferencia no es menor.
La tercera cuestión es la gobernanza energética. Durante décadas, el modelo energético ha sido esencialmente centralizado. La transición energética abre la posibilidad de modelos más distribuidos, donde municipios, empresas locales o comunidades energéticas participen en la producción y gestión de energía. En este sentido, la movilidad eléctrica vinculada a renovables locales puede convertirse en una herramienta interesante para reforzar la autonomía energética de los territorios.
Esto no significa que exista una única solución válida. Probablemente la movilidad sostenible del futuro será una combinación de varias tecnologías adaptadas a distintos usos: electrificación para gran parte del transporte ligero y urbano, infraestructuras de alta potencia para corredores de largo recorrido, hidrógeno para ciertos nichos del transporte pesado y biocombustibles para facilitar transiciones en flotas existentes.
Pero sí hay una pregunta que merece más atención en el debate público: qué modelo energético construye más valor económico y social donde vivimos.
Porque la transición energética no consiste solo en cambiar un combustible por otro. Consiste también en decidir si queremos un sistema energético más distribuido, más eficiente y más vinculado al territorio.
Y en esa decisión, la movilidad tiene un papel mucho más importante de lo que a menudo imaginamos.
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