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Por Alberto Gil, Team Leader Energy Management & Sustainability en DACHSER Iberia
Cuando hablamos de electrificación del transporte, tendemos a pensar en camiones eléctricos y puntos de recarga. Sin embargo, la experiencia que estamos adquiriendo con el despliegue de vehículos eléctricos de batería nos demuestra que el reto va mucho más allá: electrificar una flota implica también transformar la forma en que planificamos y gestionamos la energía en nuestras delegaciones.
Esta es una de las principales lecciones que estamos extrayendo de los proyectos de E-Mobility Sites. Para que la movilidad eléctrica pueda crecer de forma fiable y escalable, necesitamos anticiparnos a nuestras necesidades energéticas y entender cómo encajarán en la operativa de cada centro.
Uno de los primeros retos es conocer la capacidad energética disponible y anticipar la que necesitaremos en el futuro. La ampliación de conexiones a la red, las estaciones transformadoras o la coordinación con los operadores pueden requerir plazos muy largos, en algunos casos superiores a cinco años.
Por eso, esperar a que la necesidad sea inmediata no es una opción. Conocer cuanto antes nuestras necesidades energéticas permiten planificar inversiones, evitar cuellos de botella y acompañar el crecimiento de la movilidad eléctrica.
Pero no basta con disponer de más energía. También debemos aprender a gestionarla mejor.
En una delegación pueden coincidir los puntos de recarga de los vehículos, sistemas de refrigeración, climatización, instalaciones fotovoltaicas o baterías de almacenamiento. Si todos estos elementos demandan electricidad simultáneamente, podemos generar picos de consumo y aprovechar de forma poco eficiente la capacidad de conexión.
Aquí entra en juego la gestión inteligente de la carga, que permite decidir cuándo y con qué potencia se alimentan los distintos consumidores. De esta manera, podemos evitar picos, optimizar la infraestructura existente y hacer más predecible la incorporación de nuevos cargadores.
La generación fotovoltaica y el almacenamiento mediante baterías también pueden desempeñar un papel importante, tanto para aprovechar mejor la energía generada como para gestionar los picos de demanda. Pero no existe una solución universal.
Cada delegación tiene un perfil diferente de consumo, horarios de operación, superficie disponible, capacidad de conexión y necesidades de carga. Por ello, la clave está en analizar conjuntamente generación, almacenamiento, consumo y operativa antes de decidir qué soluciones implementar.
En este contexto, los conceptos energéticos adquieren una importancia estratégica. Permiten unir la viabilidad técnica con las necesidades operativas y las prioridades económicas, y ofrecen una hoja de ruta para preparar la infraestructura de hoy pensando en las necesidades de mañana.
La dimensión de este desafío queda reflejada en un estudio del DSLV Bundesverband Spedition und Logistik y RWTH Aachen University, según el cual el sector logístico en Alemania podría necesitar alrededor de 186 TWh de electricidad al año en 2045 (una cifra superior al consumo conjunto de las industrias siderúrgica y química), impulsado principalmente por la electrificación del transporte de mercancías por carretera.
La cifra nos obliga a mirar la transición energética desde una perspectiva más amplia. La electrificación del transporte requerirá no solo nuevos vehículos, sino también redes, capacidad energética, planificación y sistemas inteligentes de gestión.
Por eso, creo que merece la pena que cada delegación se haga ya algunas preguntas: ¿qué necesidades energéticas tendremos en los próximos años?, ¿qué capacidad tenemos hoy?, ¿qué infraestructura necesitaremos cuando aumente nuestra flota eléctrica?
Anticiparnos a estas respuestas nos permitirá avanzar de forma más segura y eficiente.
Sin embargo, existe otro elemento que a menudo pasa desapercibido cuando hablamos de electrificación: la gestión de la información.
No es posible gestionar correctamente la energía si no somos capaces de medirla, analizarla y comprenderla. A medida que las instalaciones logísticas incorporan nuevos consumidores eléctricos, sistemas fotovoltaicos, baterías o infraestructuras de recarga, la cantidad de información disponible aumenta. El reto deja entonces de ser únicamente energético para convertirse también en un reto de gestión de datos.
Por ello, disponer de un Software de Gestión de la Energía se está convirtiendo en una herramienta fundamental para afrontar la transición energética de forma eficiente. Estas plataformas permiten monitorizar en tiempo real los consumos de cada instalación y desglosarlos por usos, como la recarga de vehículos eléctricos, la climatización, la iluminación o las baterías de carretillas.
Pero su valor va más allá de la monitorización. Permiten comparar instalaciones, identificar desviaciones, detectar oportunidades de mejora y compartir buenas prácticas. Además, facilitan el despliegue de sistemas de gestión energética alineados con estándares internacionales como la ISO 50001.
La digitalización también permite que la información llegue a quienes realmente pueden actuar sobre ella. Los equipos de mantenimiento y operaciones necesitan detectar anomalías e ineficiencias, mientras que responsables de delegaciones y directivos necesitan indicadores y KPIs para entender tendencias, comparar centros y tomar decisiones basadas en datos reales.
Y quizá este sea uno de los aspectos más relevantes: poner la información energética en manos de los responsables de cada delegación supone convertirlos en protagonistas de la transición energética. Cuando conocen cómo consume su edificio, cuánto demandan sus equipos, cuánto producen sus paneles o cómo evoluciona la recarga de sus vehículos, dejan de ser meros observadores para convertirse en auténticos gestores de la energía.
Ese verdadero ownership de la energía es el que permite generar una cultura de mejora continua. A menudo, los grandes resultados no proceden de una única inversión millonaria, sino de cientos de pequeñas optimizaciones: ajustar horarios, evitar consumos innecesarios, mejorar la climatización, optimizar la carga de vehículos o aprovechar mejor la generación fotovoltaica. Pequeñas mejoras que, replicadas en decenas de instalaciones durante todo el año, pueden convertirse en una reducción energética significativa para toda la compañía.
Porque la transición hacia una logística más sostenible no consiste simplemente en cambiar un motor diésel por uno eléctrico. Consiste en crear las condiciones energéticas y operativas que permitan que ese cambio pueda crecer.
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