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La investigación ha sido realizada por un equipo de la Universidad de Salamanca, dentro del proyecto europeo OET Durius. Su ámbito de estudio se ha centrado en el corredor ecológico Duero-Douro, que abarca las provincias de Salamanca, Valladolid y Zamora, así como las regiones de Douro y Terra de Trás-os-Montes en Portugal.
“Hemos descargado y analizado minuciosamente bases de datos con información de ambos países”, explican los responsables del estudio. “En concreto, se han tenido en cuenta las variables de población total y densidad de población; sex ratio, esto es, proporción de hombres y mujeres; y, finalmente, la edad media”, concretan. Los datos recogidos abarcan desde los años noventa del siglo pasado hasta la actualidad.
Gracias a este estudio, han podido corroborar que la Península Ibérica vive “una transformación silenciosa pero profunda”. “La baja natalidad, el envejecimiento y la migración interna están vaciando las áreas rurales mientras concentran población en corredores urbanos y zonas costeras”, comentan. Este desplazamiento demográfico no solo altera el mapa humano, sino también la gestión del territorio. “Donde la población crece, se intensifica la urbanización y la actividad agraria; donde cae, se abandona el manejo tradicional”, exponen.
El estudio muestra cómo la pérdida de población se ha producido de modo desigual entre ambos países. En España se detecta un despoblamiento mucho más temprano, desde la década de los 50 del siglo XX e incluso antes. La “sangría migratoria”, el éxodo del campo a la ciudad se incentivó aquí entre los años sesenta y setenta.
En Portugal, sin embargo, el movimiento poblacional desde zonas rurales a urbanas ha ido más lento que en el resto de Europa. El aislamiento histórico de la región, sumado a sus políticas territoriales que favorecían una mayor conexión entre ciudades pequeñas y medianas, permitió el acceso a servicios y empleo de las personas que habitaban los entornos más rurales. Sin embargo, en los últimos años, desgraciadamente, la tendencia a la despoblación del medio rural se está acelerando también en la zona portuguesa, “hasta el punto de estar igualando la perspectiva española”.
A ambos lados del Duero, la despoblación conlleva irremediablemente consecuencias negativas como el envejecimiento poblacional, esto es, aumenta la edad media y se reduce el número de jóvenes del territorio. Igualmente, baja la densidad de población, es decir, hay menos habitantes en cada municipio, lo que conlleva, habitualmente, una pérdida de servicios. Por último, se produce una “masculinización” o mayor proporción de hombres, ligada a la economía agraria.
Estos fenómenos, además, forman un bucle: la falta de servicios y oportunidades impulsa la emigración, especialmente de jóvenes y mujeres, lo que agrava la despoblación. El abandono rural no solo tiene consecuencias socioeconómicas, sino también ambientales. El cese de la agricultura y la ganadería tradicionales modifica el paisaje y afecta la biodiversidad.
El abandono agrario tiene un impacto directo sobre paisajes culturales y ecosistemas. “La despoblación rural provoca el cese de cultivos y la desaparición del mosaico agroforestal, generando efectos mixtos: en algunos casos, la naturaleza recupera cobertura leñosa; en otros, se pierden hábitats de alto valor ecológico”, afirman los responsables del estudio.
Aunque, inicialmente, puede parecer que el abandono favorece la regeneración natural, los efectos a medio plazo son negativos y se concretan en: pérdida de biodiversidad asociada a paisajes abiertos, homogeneización del paisaje, erosión del suelo, alteración de los ciclos naturales y mayor riesgo de incendios. En definitiva, el abandono rural implica una pérdida del paisaje tradicional y de la biodiversidad asociada, aumentando la vulnerabilidad frente al cambio climático y reduciendo los servicios ecosistémicos.
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